LA PALABRA DEL DÍA

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Comentario al evangelio del día

Martes, 24 de mayo de 2022

Lecturas:

Hch 16, 22-34. Pablo le gritó: no te hagas daño que estamos todos aquí.

Sal 137, 1-8. Señor, tu derecha me salva.

Jn 16, 5-11. Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros.

Pablo y Silas son apaleados y encarcelados por haber expulsado el espíritu de adivinación de una esclava. Sus amos, les denuncian ante las autoridades. En la cárcel también anuncian el Evangelio. Los compañeros de prisión escuchan; el carcelero y su familia, se convierten. Los caminos de Dios no son los nuestros.

El carcelero, asombrado, se hace la “pregunta del millón”: Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme? La respuesta de Pablo y Silas es clara: Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.

No se trata de creer en unas ideas, sino de creer en una Persona: Jesucristo. Es decir, en dejar que Jesucristo sea Señor de tu vida; es tener una relación personal con Él. Pero una relación en la que Jesús es el Maestro y tú eres el discípulo.

Y el Señor te invita a que hoy hagas tú la misma pregunta: ¿qué tengo que hacer para salvarme?. ¡Háblalo con Jesús! Invoca al Espíritu Santo para que te ilumine, y háblalo con Jesús.

¿Has puesto toda tu vida bajo el Señorío de Jesucristo? ¿O todavía queda alguna parcela en la que eres tú su señor?

El Evangelio nos habla del Espíritu Santo: testigo de Jesús y acusador del mundo: Y cuando venga, dejará convicto al mundo:

De un pecado, porque no creen en mí. El gran pecado es rechazar la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo.

De una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis. Jesús es la manifestación de la justicia de Dios, de la salvación de Dios.

De una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado. El mundo se equivocó al condenar a Jesús, que ahora es el vencedor de la muerte. Y su victoria es la derrota de Satanás, el príncipe de este mundo.

Que en este tiempo de gracia también tú puedas decir con el Salmo: Te doy gracias, Señor, de todo corazón… Señor tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Pide el Espíritu Santo para que te guíe hasta la verdad plena.

Comentario al evangelio del día

Jn 16, 5-11.os conviene que yo me vaya”. Jesús presenta a sus discípulos la nueva manera de hacerse presente. Su destino definitivo es volver al Padre. La reacción inmediata de los apóstoles es la tristeza, sienten que van a perder esa presencia cercana. Pero Jesús les hace entender a ellos y a nosotros que es mejor que Jesús no esté condicionado por los límites de su presencia encarnada. Nos va a enviar el Espíritu que va a actualizar su palabra, su enseñanza, su memoria. El Espíritu hará posible que el Señor se haga presente simultáneamente en distintos lugares, en donde hay un grupo de creyentes reunidos en su nombre, en la presencia eucarística, en su palabra. El Espíritu también tiene una función iluminadora. Denuncia nuestro pecado, promueve la justicia, condena el mal y su origen. El pecado más grave es la falta de fe. Hemos de pedir a Jesús, que su Espíritu fortalezca y consolide nuestra fe. 

VII Domingo de Pascua
Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)

Primera lectura

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Salmo

Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9
R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. R/.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad;
tocad para nuestro Rey, tocad. R/.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios 1, 17-23

Hermanos:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Evangelio del domingo

Final del santo Evangelio según San Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

comentario al evangelio del domingo

La ascensión del Señor (por Jaime Sancho Andreu)
(7º Domingo de Pascua – C-, 29-Mayo-2022)

El acontecimiento

En esta festividad y en este año C, tanto la primera lectura como el Evangelio pertenecen al mismo autor. En efecto, san Lucas compuso uno de los Evangelios canónicos o inspirados de Jesucristo; pero también un Evangelio-Historia de la Iglesia, los Hechos, de una Iglesia que tiene como ejemplo a su Señor, nacido, bautizado, conducido por el Espíritu a predicar el Evangelio, a aceptar la cruz y a subir al Padre; o sea, a toda la misión comprendida en el plan divino de salvación.

La Iglesia comenzó cuando Jesús empezó a “actuar y a enseñar con la fuerza del Espíritu”, mediante los apóstoles elegidos por él. No hay una ruptura entre Cristo y su Iglesia. Cuando el Señor consumó sus bodas de sangre en la cruz y volvió junto a su Esposa en la resurrección, entonces puede ya ser elevado, “asunto”, por el Padre. Entones el Resucitado, el Hijo del hombre glorioso (Dan 7, 13-14) es como “raptado” por la nube de la gloria divina, por el mismo Espíritu Santo que lo generó bajo su sombra en la santísima Virgen, que lo había puesto bajo la protección divina en la transfiguración y que el mismo Señor había anunciado en su discurso despedida. Esta es la Gloria del Padre que asume para si al Hijo.

Este es el Espíritu que Jesús promete a los suyos cuando su presencia humana les va a dejar, para que continúen su obra contando con su presencia permanente: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hechos 1, 8).

Los discípulos quedaron asombrados, porque no entendían las Escrituras antes del don del Espíritu, y miran hacia lo alto. Intervienen dos “hombres vestidos de blanco”, es una teofanía, la misma de los dos hombres que Lucas describe en el sepulcro (24,4). En ellos la Iglesia Madre judeo-cristiana veía acertadamente la forma simbólica de la divina presencia del Padre, que son Cristo y el Espíritu.

Las palabras de los dos hombres son fundamentales: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hechos 1,11). En un exceso de amor semejante al que le llevó al sacrificio, el Señor volverá para tomar a los suyos y para estar con ellos para siempre; y se mostrará como imagen perfecta de Dios, como icono transformante por obra del Espíritu, “para volvernos semejantes a él, para contemplarlo tal como él es” (1 Jn 3,1-12).

Contemplando en la liturgia el icono del Señor – que se revela sobre todo en la Eucaristía – intuimos el rostro de Dios tal como es y como lo veremos eternamente. Y lo invocamos para que venga ahora y siempre.

El misterio

Las dos lecturas apostólicas que propone la Iglesia a nuestra elección (Efesios y Hebreos) interpretan perfectamente el acontecimiento de la Ascensión del Señor, adentrándonos en el misterio del ingreso del resucitado en el santuario celeste. Ahora podemos decir con el canto del Santo que los cielos y la tierra están llenos de la gloria de Dios (En Is 6,3 sólo se nombraba a la tierra). Ahora, con la asunción de la humanidad del Hijo de Dios, sobre la que reposa la gloria del Padre, adorada por los ángeles, también nosotros somos unidos por la gracia a esta alabanza eterna, en el cielo y en la tierra.

La ascensión es un paso más en la consagración de la Iglesia como Esposa de Cristo, pues con él comienza a estar oficiando ante el Padre en la gloria: “Ella es su cuerpo, plenitud del que lo obra todo en todos” (Ef 1, 23).

La vida cristiana

Las oraciones de esta solemnidad piden que permanezcamos fieles a la doble condición de la vida cristiana, orientada simultáneamente a las realidades temporales y a las eternas. Cuando nos esforzamos en mejorar el mundo, estamos también preparando el Reino de Dios. Esta es la vida en la Iglesia, comprometida en la acción y constante en la contemplación. “Con la esperanza de los bienes futuros, llevamos a cabo la obra que el Padre nos ha confiado en el mundo y labramos nuestra salvación” (Vaticano II, Lumen gentium 48). Pues, es así que: “Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (Vaticano II, Gaudium et spes 34).

LA PALABRA DE DIOS ESTE DOMINGO

Primera lectura y Evangelio: Hechos 1, 1-11 y Lucas 24, 46-53: Estas dos lecturas proclaman el mismo acontecimiento de la Ascensión del Señor a los cielos que se celebra en esta festividad. Es el penúltimo momento del Misterio Pascual de Jesucristo, antes de la efusión del Espíritu que celebraremos en Pentecostés.

Segunda lectura. Efesios 1,17-23 o Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23: Se puede elegir una de estas dos lecturas, las cuales son unas reflexiones teológicas sobre el sentido profundo que tiene la Ascensión del Señor para la Iglesia y para cada cristiano. El Señor entra en el santuario del cielo como primicia de la Iglesia, que le seguirá en la gloria, como esposa y cuerpo suyo.

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